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En esta parábola, el Señor de nuevo hace una alegoría del Reino de los cielos, esta vez comparándola a las fiestas de una boda, la de su hijo (Mateo 22:1-14) Como un buen padre, este rey quiso honrar a su hijo con lo mejor, así como llevar a aquella fiesta a los mejores invitados, a los más ilustres, sin embargo aquellos que el rey consideraba los más dignos, despreciaron la invitación e ignoraron al rey, dándole más importancia a sus propios asuntos y a sus negocios que a la invitación del rey.

En un sentido original se está refiriendo a los judíos que lo rechazaban o no creían en Él.  También describe de forma muy clara a una sociedad que ha decidido enfocarse en si misma, en su vanidad, en sus intereses y que le ha dado la espalda a Dios y a su hijo Jesucristo. Cuando nosotros escuchamos la parábola, pensamos ¡qué necios e insensatos fueron aquellos súbditos! pensando que tal afrenta quedaría impune y que aquel rey no se sentiría agraviado por semejante comportamiento.

Sin embargo, observamos este comportamiento a diario en un mundo que ha decidido darle la espalda a Dios, ignorándolo y lo que es peor, ignorando el derroche de generosidad y amor que hizo, entregando a su hijo Jesucristo al sacrificio en rescate por nosotros. La respuesta de aquel rey y por ende la de nuestro Dios hacia aquellos que han rechazado su gracia, su invitación, fue y será terrible. Vs.7

Aquel rey viendo que sus invitados primeros eran indignos de aquella celebración, mandó llamar a todos aquellos que, aunque no parecían dignos, ni lo son, sin embargo están dispuestos a aceptar la invitación del rey para asistir a aquella celebración.

“Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”  1 Pedro 2:10

Estos somos nosotros, los que hemos creído en el Señor Jesucristo y hemos recibido la invitación de su gracia, sin merecerla, el Señor nos ha dado un privilegio, una dignidad que no teníamos. Esto sin duda es la gracia de Dios. Sin embargo, había uno de los convidados que no venía vestido, preparado para la ocasión, sabemos que las vestiduras en la palabra simbolizan el fruto que se produce en nuestras vidas, nuestra verdadera conversión.

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”  Colosenses 3:12,13

Tal vez haya algunos que se mezclan con los verdaderos creyentes, queriendo pasar por ser lo que no son, claramente nos está hablando de la hipocresía, de la verdadera condición del alma que se engaña a si misma. Si nos reconocemos en esa condición, arrepintámonos de corazón, busquemos a Dios, pidámosle que derrame de su gracia para que se pueda producir una verdadera conversión de nuestro corazón a Dios.

Salvador Marco

Iglesia El Buen Pastor